martes, 28 de mayo de 2013

CAPITULO 24 EN EL CARRO DE LA MUERTE



Durante meses estuve buscando a mi marido cada vez que pasaba un camión de hombres me acercaba a las alambradas y pasaba revista con los ojos a los prisioneros, en mis sueños le veía trabajando en las minas o desmenuzan do piedras en la cantera. Al cabo de 6 meses me entere que estaba trabajando en el campo de Buna a unos pocos kilómetros de allí, era cirujano del hospital que estaba mucho mejor equipado que el nuestro, desde entonces tenía ganas de verlo; llegue a una solución, en el campo había un bloque para locos, los jefes del campo habían dispuesto que, si las personas normales tenían que morir los lunáticos debían vivir.
Dos o tres veces por semana eran llevados a estaciones experimentales en Buna donde eran regresado a Birkenau. Para los traslados se utilizaban ambulancias con cruces rojas las llamábamos “camiones de la muerte” porque también transportaban a las victimas a la cámara de gas, en aquellos traslados los locos eran acompañados por miembros de personal del hospital.
En mi plan había numerosos riesgos, en el primera yo no tenia nada que ver con la barraca de los locos, para ello había enfermeras especiales a las cuales conocían los guardias de la S.S. En cuanto se terminaban los experimentos, el material humano  era llevado a la cámara de gas. Logre pasar una nota a mi marido, diciéndole que  me esperase en el hospital de Buna, mi marido me contesto y se negó a tal cosa describiéndome todos los peligros que había.
Sin embargo añadió que debería por lo menos tomar las precauciones en efecto el jefe de la “barraca de los locos” me podría ser útil. Des pues de muchos intentos logre un lugar en el famosos carro de la muerte, el vehículo atravesó la población de Auschwitz. Lo que vi por los cristales me dio una impresión de que estaba en mundo irreal, los hombres andaban libremente por las calles, salían de las iglesias, entraban en los establecimientos comerciales, las amas de casa hacían sus compras, los niños jugaban, aquello no era posible yo debía estar soñando.
Los miembros de la S.S. miraban por las ventanillas el espectáculo de las locas, unos de los perturbados verdadero “musulman” estaba masturbándose todo el tiempo, dos mujeres apretujándose haciendo el amor en el piso del vehículo, otro que fue profesor de matemáticas en “polonia” mostraba con gesticulaciones que la guerra podía ser reducido a una simple ecuación; x,y,z y v o sea Churchill, Roosevelt, Stalin y Hitler.
La ambulancia se detuvo habíamos llegado al hospital de Buna, unos cuantos enfermeros se ofrecieron a ayudarnos a trasladar a los enfermos, después de bajarlos pasamos por la sección de cirugía cuando se abrió una puerta, cuando me encontré cara a cara con mi marido. Los enfermo eran llevados a loa sala de experimentación allí se les inyectaba una sustancia nueva, se trataba de producir en su sistema nervioso un shock. Los guardianes de la S.S. comían y bebían en la oficina del director medico, logre reunirme con mi marido en la sala de operaciones, los dos nos sentíamos tímidos y cohibidos, hasta el extremo de no saber de qué hablar el primero logro hacerse fuerte y murmurar unas palabras sobrias y rápidas, me contó lo que había sido de el, me suplico que no volviese arriesgar mi vida intentando verlo de nuevo en Buna. Desde el camión vi a mi marido estaba de pie a la puerta del hospital, es la ultima vista que recuerdo de el. Mas tarde me entere e lo que había pasado, un prisionero Francés me escribió disiendome que el campo de Buna había sido evacuado mi marido se inclino para ayudar a un internado Francés que había desmayado pero un guardia de la S.S. disparo en el acto contra los dos matándolos. 


VALENTIN SANCHEZ IBARRA 206

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