Experimentos Científicos
Todos ellos eran libres de hacer lo que se les antojase con aquella gente, decidieron llevar a cabo experimentos con ellos. De aquello no hubiese podido jactarse ningún hombre ni mujer decente, pero al contingente de médicos nazis hizo alarde de tales experimentos.
Pero no sólo se dedicaron a experimentar ellos mismos, sino que obligaron a muchos doctores de los que había entre los deportados a trabajar bajo la supervisión de los médicos de las S.S. Por horribles que fuesen aquellas experiencias de laboratorio, los hombres que las realizaron pudieran haber tenido excusa, de estar convencidos que, por lo menos, de que servían a la ciencia y de que los sufrimientos de aquellos desventurados conejos de indias lograrían, en fin de cuentas, ahorrar sufrimientos a los demás.
Muchas veces, los experimentos eran completamente absurdos. A un médico alemán se le ocurrió la idea de estudiar cuánto tiempo duraría con vida un ser humano, a base exclusivamente de agua salada. Otro sumergió a su conejo de indias humano en agua helada, pretendiendo que iba a observar el efecto de aquel baño en las temperaturas internas.
Cuando los alemanes estaban tratando de dar con nuevos tratamientos para las heridas producidas por las bombas norteamericanas de fósforo, quemaron la espalda de cincuenta rusos con fósforo. Estos "controles" no recibían cura ninguna. Los hombres que sobrevivían eran exterminados.
El doctor Mengerle, médico jefe, se dedicaba a dos investigaciones principales, que eran sus favoritas: se referían al estudio de los gemelos y de los enanos. Los gemelos que entraron cuando llegaban los contingentes nuevos de prisioneros, eran colocados aparte, a ser posible con sus madres. Luego se les mandaba al Campo F. K. L. Cualquiera que fuera su edad o su sexo, los mellizos interesaban profundamente a Mengerle. Se les daba un trato de favor, y hasta se les permitía quedarse con su ropa y con su pelo. Llegó a tales extremos en su solicitud que, cuando se estaba liquidando el Campo Checo, dio órdenes de que se perdonase la vida a una docena de mellizos.
En cuanto llegaban, estas parejas de hermanos eran fotografiadas desde todos los ángulos posibles. Después comenzaban los experimentos, pero eran extraordinariamente irreflexivos y al buen tuntún. Así por ejemplo, ocurría que se inoculaban a uno de los gemelos ciertas substancias químicas, y el doctor esperaba a observar la reacción que le producían, si no se le olvidaba mientras tanto. Pero aun cuando siguiese observando el caso, la ciencia no ganaba nada por el sencillo motivo de que el producto inyectado no presentaba interés particular. En cuando usaban una preparación, esperaban que tenía que ocasionar el sujeto experimentado un cambio en la pigmentación del pelo. Se perdían muchos días en examinarle el cabello y en observarlo al microscopio. Los resultados no arrojaron averiguación ninguna sensacional, y las pruebas se abandonaron.
Me he referido a experimentos con los cuales se trataba, de determinar la resistencia del organismo humano al hambre. Los "Musulmanes", especialmente los más demacrados y depauperados, eran obligados a beber increíbles cantidades de sopa. Tales crudos experimentos resultaban muchas veces fatales. Me enteré de unos cuantos casos en que los deportados padecían un hambre tan devoradora que se prestaban voluntariamente a esta alimentación forzada. El hijo del Primer Ministro M. de Hungría estaba tan famélico que se ofreció como voluntario a los experimentos de malaria. Los conejillos de Indias de esta prueba recibían raciones dobles de pan durante unos días.
El doctor polaco siguió sus órdenes, y los pacientes cayeron muertos a tierra.
En otro experimento insensato, tendieron a centenares de enfermos bajo el sol abrasador. Los alemanes querían averiguar cuánto tardaba en morir una persona enferma bajo el sol, sin agua.
Los alemanes practicaron la fecundación artificial en numerosas mujeres, pero las investigaciones no arrojaron resultados. Yo conocía a mujeres que habían sido sometidas a la inseminación artificial y habían sobrevivido, pero estaban avergonzadas de confesar aquellos experimentos.
Otro grupo fue inyectado con hormonas sexuales. No había sido posible determinar la naturaleza de la sustancia inyectada ni cuáles fueron los resultados obtenidos. Después de tales inyecciones, a muchas de las mujeres se les produjeron abscesos que les fueron abiertos en la Barraca 10.
Todos ellos eran libres de hacer lo que se les antojase con aquella gente, decidieron llevar a cabo experimentos con ellos. De aquello no hubiese podido jactarse ningún hombre ni mujer decente, pero al contingente de médicos nazis hizo alarde de tales experimentos.
Pero no sólo se dedicaron a experimentar ellos mismos, sino que obligaron a muchos doctores de los que había entre los deportados a trabajar bajo la supervisión de los médicos de las S.S. Por horribles que fuesen aquellas experiencias de laboratorio, los hombres que las realizaron pudieran haber tenido excusa, de estar convencidos que, por lo menos, de que servían a la ciencia y de que los sufrimientos de aquellos desventurados conejos de indias lograrían, en fin de cuentas, ahorrar sufrimientos a los demás.
Muchas veces, los experimentos eran completamente absurdos. A un médico alemán se le ocurrió la idea de estudiar cuánto tiempo duraría con vida un ser humano, a base exclusivamente de agua salada. Otro sumergió a su conejo de indias humano en agua helada, pretendiendo que iba a observar el efecto de aquel baño en las temperaturas internas.
Cuando los alemanes estaban tratando de dar con nuevos tratamientos para las heridas producidas por las bombas norteamericanas de fósforo, quemaron la espalda de cincuenta rusos con fósforo. Estos "controles" no recibían cura ninguna. Los hombres que sobrevivían eran exterminados.
El doctor Mengerle, médico jefe, se dedicaba a dos investigaciones principales, que eran sus favoritas: se referían al estudio de los gemelos y de los enanos. Los gemelos que entraron cuando llegaban los contingentes nuevos de prisioneros, eran colocados aparte, a ser posible con sus madres. Luego se les mandaba al Campo F. K. L. Cualquiera que fuera su edad o su sexo, los mellizos interesaban profundamente a Mengerle. Se les daba un trato de favor, y hasta se les permitía quedarse con su ropa y con su pelo. Llegó a tales extremos en su solicitud que, cuando se estaba liquidando el Campo Checo, dio órdenes de que se perdonase la vida a una docena de mellizos.
En cuanto llegaban, estas parejas de hermanos eran fotografiadas desde todos los ángulos posibles. Después comenzaban los experimentos, pero eran extraordinariamente irreflexivos y al buen tuntún. Así por ejemplo, ocurría que se inoculaban a uno de los gemelos ciertas substancias químicas, y el doctor esperaba a observar la reacción que le producían, si no se le olvidaba mientras tanto. Pero aun cuando siguiese observando el caso, la ciencia no ganaba nada por el sencillo motivo de que el producto inyectado no presentaba interés particular. En cuando usaban una preparación, esperaban que tenía que ocasionar el sujeto experimentado un cambio en la pigmentación del pelo. Se perdían muchos días en examinarle el cabello y en observarlo al microscopio. Los resultados no arrojaron averiguación ninguna sensacional, y las pruebas se abandonaron.
Me he referido a experimentos con los cuales se trataba, de determinar la resistencia del organismo humano al hambre. Los "Musulmanes", especialmente los más demacrados y depauperados, eran obligados a beber increíbles cantidades de sopa. Tales crudos experimentos resultaban muchas veces fatales. Me enteré de unos cuantos casos en que los deportados padecían un hambre tan devoradora que se prestaban voluntariamente a esta alimentación forzada. El hijo del Primer Ministro M. de Hungría estaba tan famélico que se ofreció como voluntario a los experimentos de malaria. Los conejillos de Indias de esta prueba recibían raciones dobles de pan durante unos días.
El doctor polaco siguió sus órdenes, y los pacientes cayeron muertos a tierra.
En otro experimento insensato, tendieron a centenares de enfermos bajo el sol abrasador. Los alemanes querían averiguar cuánto tardaba en morir una persona enferma bajo el sol, sin agua.
Los alemanes practicaron la fecundación artificial en numerosas mujeres, pero las investigaciones no arrojaron resultados. Yo conocía a mujeres que habían sido sometidas a la inseminación artificial y habían sobrevivido, pero estaban avergonzadas de confesar aquellos experimentos.
Otro grupo fue inyectado con hormonas sexuales. No había sido posible determinar la naturaleza de la sustancia inyectada ni cuáles fueron los resultados obtenidos. Después de tales inyecciones, a muchas de las mujeres se les produjeron abscesos que les fueron abiertos en la Barraca 10.
Nancy Gabriela Sixto Soto
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